UN POCO DE HISTORIA

El archipiélago de Los Roques, junto con la isla de Aves y La Orchila conforman las "islas oceánicas", separadas de la plataforma continental por canales de gran profundidad y bañadas por aguas oceánicas, cálidas y transparentes. Está ubicado a 160 kilómetros del norte franco del litoral central y lo integran una isla, más de 40 cayos, 300 bancos de arena y gran cantidad de arrecifes coralinos.

En las 221 mil 120 hectáreas de extensión del archipiélago prolifera una fauna tan rica y exuberante como su paisaje, lo que ha atraído desde mediados de este siglo a pescadores interesados en extraer de sus aguas particularmente botuto y langosta. Esta actividad, así como el turismo no organizado, mermaron considerablemente los recursos naturales y escénicos, razón por la cual el Estado decidió decretarlo parque nacional el 9 de agosto de 1972.

En cuanto al origen de los cayos, se sabe que estos comenzaron a formarse hace unos 130 millones de años, período en el cual se inició la configuración de las rocas "igneo-metamorfizadas" que lo componen. Esta plataforma que se levantó posteriormente, quedando muy cerca de la superficie, es la que hoy en día da asiento al Gran Roque.

En el desarrollo del archipiélago, los pueblos colonizadores (indígenas procedentes del centro-norte del país y de Curazao, Aruba y Bonaire) fueron dejando rastros arqueológicos que delatan su presencia en estas islas, a las que llegaban principalmente en busca de alimento. Según lo indica Carlos Martínez Pedroza, gerente general de Subvitur Actividades Acuáticas, tanto en Crasquí como en Dos Mosquises se han hallado fragmentos de piezas de cerámicas prehispánicas y en el Museo de Arte de la Rinconada de Caracas se encuentra en exhibición gran cantidad del material recolectado por investigadores adscritos a esa institución, que incluye cerámica precolombina con adornos antropomorfos y ornamentos incisos, hachas pectorales de piedra y flautas, entre otros elementos decorativos y utilitarios. Las visitas de estos colonizadores fueron esporádicas y no fue sino hasta el establecimiento de los holandeses, que buscaban explotar sal y mangle en esta zona, cuando las islas empezaron a poblarse, así como también tras el arribo de pescadores margariteños, quienes actualmente conforman 25 por ciento de la población del Gran Roque.

La forma como se pobló el archipiélago indica la heterogeneidad cultural que impera en él; la misma que signa el día a día del roqueño, sus fogones, sus costumbres. El roqueño es, por sobre todo, un ciudadano del mundo, que vive en pos del servicio y que se complace en satisfacer las expectativas de quien se aventura por esa cálida tierra, plena de bondades.

PARAÍSO ECOLÓGICO

Si bien durante mucho tiempo fue una fuente para la usura ilimitada por parte de los colonizadores, el archipiélago mantiene una biodiversidad de valor incalculable. Las especies animales y vegetales sobrevivieron a la depredación; como la tortuga verde, el botuto y la langosta; al secado de la corteza de los mangles, reconocidas por su alto valor combustible y a la explotación de fosfato y guano, usados como abonos químicos.

A esto se suma el que las condiciones en el archipiélago sean extremas para la proliferación de vida vegetal, con una temperatura media anual sobre 28 grados centígrados y a una ausencia casi total de lluvias. En efecto, se sabe que no más de 30 especies vegetales pueden adaptarse a estas condiciones extremas. Proliferan en este sentido varios tipos de mangles, elementos esenciales para la estabilización de las costas, formación del suelo y fuente de energía a través de sus hojas. Es bajo el cobijo de la protección natural como numerosas especies acuáticas y terrestres se reproducen.

Pero los reyes indiscutibles de los fondos submarinos son los arrecifes coralinos, reconocidos por su alto valor biológico, fisiográfico y ecológico. Peces como los pargos y meros, y crustáceos como la langosta, se cuentan entre los huéspedes más célebres de los arrecifes. Proliferan igualmente otras especies que han desarrollado adaptaciones especiales para ese ecosistema en particular, como es el caso de los peces ángel o mariposa. De acuerdo con los cambios en la topografía de los arrecifes, en Los Roques se pueden ubicar tres tipos: la Plataforma Somera, que va desde los seis hasta los ocho metros, en donde abundan trozos de coral muerto y la diversidad de especies es baja; la Cresta arrecifal, que va de los ocho a los 15 metros, con una riqueza mayor y un porcentaje de coral muerto muy bajo; y, finalmente, el Talud Arrecifal, desde los 15 hasta los 40 metros, que es donde la riqueza submarina alcanza su máxima expresión. Debido a la profundidad son comunes las formas plato, que permiten captar al máximo la luz.

En otro importante ecosistema submarino roqueño, el de las fanerógamas marinas, también se encuentran cientos de peces que se reproducen y viven su etapa juvenil; moluscos como el botuto, un caracol gigante de carne rosada muy apreciada al que se le atribuyen también propiedades afrodisíacas; estrellas y pepinos de mar. Las fenerógamas son plantas con flores que, a diferencia de las algas, se reproducen mediante flores y frutos. Se localizan en aguas superficiales, en zonas de poca profundidad detrás de las barreras coralinas y en el área de los manglares.

SU GENTE

La gente de Los Roques es tan azul como su mar, porque hablar con ellos es sumergirse en esas ondas luminosas que se meten desde muy temprano por las ventanas y obligan al cuerpo a no perderse de nada. Pero además están esos personajes que nunca faltan en la provincia del país y que son cita obligada al hablar de cómo es el pueblo roqueño. Como Dionisio Gil Rafael, uno de los más carismáticos, aunque la gente suele llamarlo Morrongo, un mote que lo ha seguido en todos sus años en Los Roques, desde que su familia se vino desde Margarita a probar suerte. De eso han pasado más de 50 años, que se aprecian en su piel curtida y en sus ojos casi ciegos, escondidos tras unos gruesos cristales rallados. "Después de la operación me metí a carretillero, pero antes era pescador", dice evocando su intervención para la miopía, mientras acomoda su carretilla contra la pared, la misma que le da el sustento, si bien la tarifa de carga es baja. "El trabajo ahorita está matao. Se está cobrando muy poquito, 2.000 bolívares apenas. Pero los amigos de la Guardia Nacional y la muchacha de aquí de Inparques me ayudan con el cafecito", dice.

Morrongo, al igual que su competidor más cercano, Juan sin chispa, nunca hicieron vida marital ni tuvieron hijos. Juan Ramón Narváez Salazar es más joven, pero los estragos en la piel por el candente sol también son imborrables. "Todos me llaman Juan sin chispa, no me acuerdo desde hace cuanto", dice. Los labios llenos de ampollas sonríen todo el tiempo, pero la mirada está perdida hacia el aeropuerto, donde lo espera una carga segura que no quiere dejar a Morrongo por nada del mundo. Y, ¿por qué no se casó? "Porque aquí las mujeres montan mucho cacho", sentencia convencido.

No es la misma opinión de Mano Andrés, un pescador asentado en Crasquí desde hace más de 30 años, los mismos que tiene con su compañera sentimental, mejor conocida como Forita. Pescador desde los siete años, Mano Andrés no estudió sino que se dedicó a explotar el mar roqueño. "Esta es la playa más bonita de todas. Siempre he vivido en Crasquí. Atendemos a los turistas, sacamos carite, que es lo que más piden, también langosta, que sacamos con buceado y con nasa". Mano Andrés titubea al decir que tiene seis hijos, quizás porque la memoria le juega malas pasadas en su intento de no contar al séptimo, el que se le ahogó en esa misma playa cuando tenía tres años. Pero los nietos no dejan que siga hablando y lo obligan a sofocar una pequeña riña, mientras se disputan una concha en la orilla de la playa. Allí, en su propia casa, Mano Andrés y Forita atienden a todo el que quiera ir a comer.

Y como no faltan los bufones, no se puede dejar de mencionar a "Los bichitos", están siempre en el muelle del Gran Roque, entregados en cuerpo y alma a las bebidas espirituosas. "¿Sabes por qué aquí hay puro muchachito?", pregunta Luis Beltrán, y sin esperar respuesta nos presenta su "paramachete", un combinado de frutos del mar, que entre otras sutilezas lleva pulpo, calamares, mucha cebolla y limón. "También lleva un toque secreto", dice mientras sostiene que es cien por ciento efectivo para encender el ánimo más calmo, no importa si se trata de hombre o mujer. Y si no se está muy convencido de tales bondades afrodisíacas, entonces es menester considerar otra de sus propiedades: según él, el paramachete es muy eficaz para lograr que los "muchachitos salgan con los ojos azules, como los de los alemanes".

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